Tanto el carnaval del arlequín como el Jardín de las Delicias, nos muestran un mundo saturado de símbolos complejos. Personajes, arquitecturas y formas fantásticas capaces de aturdir y asfixiar por su obsesiva preocupación narrativa. Ambos autores son creadores de un universo que trasciende los convencionalismos para adentrarse a una mirada más subjetiva y personal.
En el Jardín de las Delicias, el Bosco, no parece proponer otra forma de concebir la vida que no sea la dictada por la religión, no se revela a lo constituido y más bien pretende consolidar y participar en esa ortodoxia donde la moral cristiana mesura y eclipsa toda acción humana sin dejar lugar a la reflexión individual. Un cuadro moralizante, preocupado por plasmar un relato intimidatorio en el que se definen las causas y los efectos de la acción humana de una forma indiscutible. El objetivo de esta pintura no es proponer si no militar. No deja este tríptico un lugar vacío en donde podamos refugiarnos y ser simplemente contempladores. Si no que al contrario, somos intimidados y forcejados a decidir en nosotros según lo que vemos. Esto ocurre por que el Bosco pinta lo exterior para que sea identificado en nuestra intimidad según unos valores concretos, posibles de descifrar con un lenguaje culto de su época. De esta forma es capaz de llegar a lo universal desde lo exterior, desde la fantasía que se piensa ser real, desde lo objetivo fruto de lo colectivo. En cambio Miró pinta su intimidad, su percepción subjetiva del mundo. Un mundo enigmático e incierto, angustiado también, pero sin parámetros claros.
Miró pinta un universo interior, cerrado, que no encuentra la salida. El pecado y la virtud no están separados, forman parte de un todo en el que conviven y danzan. No se percibe en ningún momento una intención moralizadora, si no más bien, una expresión desprendida y egocéntrica. La importancia del Carnaval del Arlequín, no es el significado, si no la impresión enigmática que despierta al contemplarlo. De antemano, sabemos que no podremos acceder mediante la razón a su universo ininteligible. Solamente encontraremos su significado en nuestro significado, tras dejar atrás todo convencionalismo y utilizándolo de materia prima para comprendernos, como Miró utilizó la realidad para comprenderse.
Las diferencias fundamentales entre el Carnaval del Arlequín y el Jardín de las Delicias es que uno está preocupado por lo que debe sentir y el otro por lo que siente. Es la defensa de la voluntad frente a la defensa del deber, estando en los dos presentes la frustración. En los dos cuadros, los personajes están encerrados en un mundo en el que no encuentran salida, ya sea por el pecado o por la escalera que da a la pared.
Entendemos ahora, que el punto en común de estos dos cuadros sea el error y el aprisionamiento. Ya sea mediante una expresión íntima o colectiva, a través de los tradicional o lo innovador, las dos pinturas parecen haberse quedado paralizadas por el mismo agente.
¿Por qué nadie vuela hacia la ventana en el Carnaval del Arlequín? ¿Será por culpa del Jardín de las Delicias? ¿No será que la escalera que nos conduce a Dios nos lleva la pared?
